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El impacto de 3 magdalenas

Un estudio hecho con magdalenas muestra cómo pueden hacer ganar peso y cómo influyen sus grasas en el riesgo cardiovascular.

Un estudio ha valorado qué les sucede a los jóvenes sanos si añaden cada día, a su dieta habitual, tres magdalenas con más o menos grasas saturadas. Las magdalenas con más grasas saturadas elevaron de forma considerable los niveles del llamado “colesterol malo”, algo que no sucedió con las elaboradas con grasas insaturadas. Sin embargo, ambos tipos de magdalenas aumentaron determinados marcadores del riesgo cardiovascular e hicieron ganar peso a los voluntarios. En el siguiente artículo se repasan los principales hallazgos de esta investigación.

Grasas saturadas y riesgo cardiovascular
El riesgo cardiovascular se puede modular con la dieta. Un estudio, publicado en octubre de 2014 en la revista oficial de la Asociación Americana del Corazón, ha observado que es más desaconsejable ganar peso a base de añadir grasas saturadas que hacerlo a partir de grasas insaturadas. Aunque es una investigación pequeña y de corta duración, se suma a la amplia literatura científica que sugiere que una dieta rica en grasas saturadas puede incrementar el riesgo cardiovascular.

En el estudio, 39 voluntarios sanos y con un peso normal, que rondaban los 27 años de edad, añadieron tres magdalenas a su dieta habitual durante siete semanas, con el objetivo de incrementar su peso en un 3%. Cada magdalena contenía 240 kilocalorías, algo menos de las 290 kilocalorías que aporta una unidad grande de magdalena de pastelería, según la Tabla de Composición de Alimentos del CESNID, coordinada por el doctor Andreu Farran-Codina.

Todas las magdalenas de la investigación tenían el mismo sabor, aspecto, textura y aroma, así como las mismas calorías y azúcares. Pero no todas eran iguales: algunas se elaboraron con aceite de girasol (con predominio de grasas insaturadas), mientras que otras contenían aceite de palma, rico en grasas saturadas. Ninguno de los dos aceites era hidrogenado. Así pues, sin saberlo, un grupo de individuos tomó muffins (un tipo de bizcochos similares a las magdalenas) con muchas grasas saturadas, mientras el otro grupo ingirió magdalenas con un alto porcentaje de grasas insaturadas. Si durante el estudio los voluntarios ganaban más o menos peso de lo previsto, se retiraba o añadía una magdalena (siempre sin variar su dieta habitual o sus niveles de actividad física), para que la ganancia de peso fuera similar en ambos grupos.

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La fruta de postre, ¿engorda?

Comer fruta de postre o beber agua durante las comidas no engorda, sino que ayuda a controlar el peso corporal.

La obesidad y el sobrepeso afectan a 2.100 millones de personas, casi un tercio de la población. Muchas de ellas intentan poner bajo control su peso corporal y, para ello, siguen dietas hipocalóricas. Pero también son muchos quienes, en su deseo por verse bien y sentirse mejor, experimentan con todo tipo de dietas milagrosas o complementos dietéticos de dudosa eficacia y reputación. Además de estos métodos, en los medios y redes sociales abundan mitos y “recetas” sobre cómo adelgazar de manera eficaz, qué alimentos evitar y cuáles no combinar jamás. En este grupo entran las frutas y el agua, de las que muchas veces se dice que no deben ingerirse en las comidas. ¿Es esto veraz? El siguiente artículo analiza ambas afirmaciones.

Comer fruta de postre engorda: un mito
El aporte calórico de los distintos tipos de fruta es variable: un kiwi aporta 60 Kcal; una mandarina, 50 Kcal; un melocotón, 70 Kcal; una rodaja de melón, 100 Kcal; y una manzana, 80 Kcal. No obstante, el aporte calórico de una fruta es siempre el mismo, ya sea consumida antes, durante o después de la comida. No existe ninguna evidencia científica que haga pensar que el aporte calórico de una fruta pueda variar según el momento del día en que se coma.

Las frutas son alimentos ricos en fibra, agua, vitaminas y minerales. Todas las sociedades científicas relacionadas con la alimentación coinciden en recomendar su ingesta para potenciar un buen estado de salud. Además, hay evidencias que relacionan un elevado consumo de fruta y verdura con mayor facilidad para perder peso y mantener el peso perdido. Sin embargo, no existe ninguna evidencia que indique que tomada de postre engorde más o aporte mayor contenido calórico que en otro momento del día.

De hecho, uno de los posibles mecanismos por los cuales la fruta y la verdura pueden contribuir a la pérdida de peso es su potencial efecto sobre la saciedad. Dado que son alimentos ricos en fibra dietética, su consumo podría contribuir a una mayor saciedad, de manera que ayudarían a controlar la ingesta calórica de esa comida.

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Un 11% de encuestados cambia su dieta ante enfermedades crónicas

¿Cómo es nuestra alimentación? ¿Tomamos decisiones alimentarias correctas? O, por el contrario, ¿ponemos en riesgo nuestra salud porque elegimos mal?

La Fundación EROSKI, preocupada por este asunto, decidió elaborar una investigación completa sobre este tema con los máximos estándares de calidad y respaldo posibles. Por ello, encargó el Estudio Nutricional de la Población Española (ENPE), dirigido por el Dr. Javier Aranceta, profesor asociado del departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, director científico de la Fundación para la Investigación Nutricional (FIN) y presidente del Comité Científico de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC). Esta investigación tiene como finalidad evaluar, de una manera exhaustiva, los hábitos alimentarios, las técnicas culinarias, el estado ponderal y otros determinantes de la situación nutricional en una muestra representativa de la población española.

Este trabajo se inició en septiembre de 2013 con la previsión de encuestar a un total de 6.800 individuos en todo el territorio nacional (400 por comunidad autónoma). Aunque el trabajo global aún no ha finalizado, en la actualidad, ya es posible realizar un avance de los resultados obtenidos con los datos proporcionados por 1.700 personas de todo el país.

Alimentación y salud
Según el Estudio ENPE, un 29% de los entrevistados padece alguna enfermedad crónica. Las más prevalentes son las relacionadas con la tensión arterial y el colesterol en niveles superiores a los valores considerados normales (ambas dolencias manifiestan padecerlas en torno al 10% de los encuestados).

En concreto, un 12% de las mujeres y un 9% de los hombres declaran tener niveles de tensión arterial elevada. En el caso de la hipercolesterolemia, esta dolencia afecta al 9% de las mujeres y al 10% de los hombres.

Por grupos de edad, un 31% de la población entrevistada por encima de los 65 años tiene niveles altos de tensión arterial y un 27% padece hipercolesterolemia. Además, un 13% presenta diabetes y un 12% problemas cardíacos.

Es común pensar que las personas que padecen un problema crónico de salud modifican su patrón de alimentación como parte del tratamiento o para prevenir problemas asociados. Según el Estudio ENPE, solo el 11% de los encuestados afirma haber cambiado su dieta habitual en los últimos 6 meses como consecuencia de problemas crónicos de salud. Las mujeres lo hacen en mayor medida que los hombres. También los mayores de 65 años.

Y ¿qué cambios son esos? Teniendo en cuenta que la variación de hábitos nutricionales va en consonancia con los problemas de salud más prevalentes (tensión arterial alta y colesterol alto), la mayor parte de las personas entrevistadas asegura haber reducido su ingesta de sal. También existe un alto porcentaje de encuestados que han modificado el contenido en grasa de su dieta a partir de la reducción del consumo de alimentos ricos en grasas o la reducción de la ingesta de grasa animal. También es frecuente disminuir los alimentos ricos en azúcar y la cantidad de alimentos consumidos en general.

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Cuidado de tu bebé: alimentos no recomendados

 

NHS Choices, el mayor portal de salud del Reino Unido, ha puesto el foco sobre la alimentación infantil. Uno de sus artículos más recientes aborda un tema de gran interés: cuáles son los alimentos desaconsejados para los bebés en el llamado “periodo de alimentación complementaria”, que comienza alrededor de los seis meses. Saber qué alimentos no conviene que tomen los niños en esta etapa de su vida nos permitirá estar más tranquilos cuando les ofrezcamos comida y, al mismo tiempo, cuidar mejor su salud. En este post enumeramos los diez alimentos que no conviene ofrecerle a un bebé menor de un año y explicamos por qué.

 
 

1. Sal

Hay estudios, como el que publicaron en junio de 2006 Heird y colaboradores, que apuntan que los bebés de entre 6 y 11 meses superan las recomendaciones de ingesta de sal en un 33%. No son buenas noticias: no conviene que los bebés tomen mucha sal, debido a que no es buena para sus riñones, por lo que se aconseja no incluirla en la dieta de los menores de un año. A partir del año se puede incluir, en pequeñas cantidades, y mejor si es “yodada”. No extraña, por tanto, que NHS Choices aconseje no añadir sal a los alimentos que elaboremos para nuestros pequeños y que no usemos cubitos de caldo o salsas, ya que a menudo contienen mucha sal. “Acuérdese de esto cuando esté cocinando para la familia, si le va a dar el mismo alimento al bebé”, indican. Es un consejo, de hecho, que beneficiará a toda la familia.

 
 

2. Azúcar

“Su bebé no necesita azúcar”. Con esta rotundidad se expresa NHS Choices. Evitar los alimentos azucarados (y, sobre todo, las bebidas azucaradas) ayudará a prevenir la caries dental, entre otras enfermedades dentales. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades dentales suponen un coste para los servicios de atención sanitaria que supera al del tratamiento de enfermedades tan “caras” como las patologías cardiovasculares, el cáncer y la osteoporosis. Así que no es una cuestión menor. Si queremos endulzar los alimentos podemos usar, según NHS Choices, plátanos triturados, leche materna o (en su defecto) leche artificial (la que se ofrece a los bebés que no toman leche materna).

 
 

3. Miel

¿Damos miel a los bebés para aprovechar sus “propiedades medicinales”? Lo cierto es que, en un dictamen publicado en 2010, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) no halló pruebas que sustentaran los múltiples beneficios que se suelen atribuir a la miel. No obstante, sí sabemos que su contenido en azúcar es muy similar al que encontramos en el azúcar blanco. NHS Choices considera que “la miel es un azúcar, así que evitarla también ayudará a prevenir la caries dental”.

Pero además, la miel puede contener bacterias capaces de producir toxinas en los intestinos de un bebé, que conducirían al botulismo, una enfermedad muy grave. El Comité Científico de la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) coincide con la anterior postura, al indicar que “los métodos de procesado no pueden garantizar la ausencia de esporas de C. botulinum en la miel ni en algunas infusiones de especies vegetales”, por lo que recomienda “evitar su consumo en niños menores de doce meses. La inclusión de esta información en el etiquetado de los productos podría contribuir a disminuir la incidencia de la enfermedad”.

 
 

4. Frutos secos enteros

Pese a que los frutos secos son muy saludables, si están enteros pueden causar un ahogamiento en bebés o niños pequeños. NHS Choices los desaconseja a los menores de cinco años. Hay otras entidades que sitúan la franja de edad en la que pueden incluirse los frutos secos enteros a partir de los tres, pero todas coinciden en que cuando se ofrezcan estos alimentos, debe ser siempre bajo la vigilancia de un adulto. Conviene visitar esta página web, en la que el portal MedlinePlus explica de forma detallada cómo actuar cuando un menor de un año se ahoga con un alimento o con un objeto.

 
 

5. Alimentos desnatados o bajos en grasa

Es recomendable que los bebés crezcan, no que “adelgacen”, por lo que se desaconseja incluir en su dieta las variedades bajas en grasa. La grasa es una fuente importante de calorías, importantísimas en esta edad, y además les suelen acompañar algunas vitaminas (denominadas “liposolubles”), como la vitamina D. NHS Choices, por tanto, considera que es mejor que los bebés y niños mayores de un año tomen leche (pero no en sustitución de la leche materna, que es muchísimo más saludable), yogur o queso (en pequeñas cantidades, por su alto contenido en sal), siempre en sus variedades “enteras”.

 
 

6. Ciertos pescados y mariscos

NHS Choices desaconseja, en bebés, el tiburón, el pez espada o el marlin (los marlines son peces perciformes, relativamente cercanos al pez espada), porque su cantidad de mercurio puede afectar el creciente sistema nervioso del bebé. En España, el Ministerio de Sanidad también desaconseja, en menores de tres años, el pez espada, el tiburón, el lucio o el atún rojo, por su alto contenido en mercurio. El mercurio proviene de la contaminación medioambiental y los peces lo acumulan a lo largo de su vida, en especial, las especies de gran tamaño, como los grandes depredadores.

 

Nuestro Ministerio también aconseja no consumir de manera habitual crustáceos tipo cangrejo o la cabeza de cualquier crustáceo (gambas, langostinos o cigalas), cuyos niveles de cadmio son altos. El cadmio es otro metal pesado, que tiende a acumularse en el organismo, sobre todo en el hígado y en el riñón, y cuya alta ingesta puede causar disfunción renal y desmineralización de los huesos, entre otros desórdenes.

 
 

7. Alimentos de origen animal crudos o poco hechos

El pescado, los huevos o los cárnicos crudos pueden generar toxiinfecciones graves en bebés, por lo que en ellos están del todo desaconsejados. Tampoco convienen en adultos, por motivos de seguridad alimentaria.

 
 

8. Espinacas, acelgas y borrajas (en función de la dosis)

Conviene vigilar la cantidad de espinacas, acelgas y borrajas que le damos a los bebés, tal como aconseja el Ministerio de Sanidad. Los nitratos, que se encuentran de manera natural en los vegetales (sobre todo en las hortalizas de hoja verde, como las espinacas), se convierten en nitritos en nuestro organismo. Estos, en altas concentraciones y en bebés o niños pequeños, pueden originar metahemoglobinemia, cuyo signo más característico es la cianosis (coloración azulada de la piel o de las membranas mucosas, que suele deberse a la falta de oxígeno en la sangre). Sobre esta cuestión profundiza el artículo ‘Espinacas, acelgas y borrajas: ¿por qué limitar su consumo en bebés?’, publicado en EROSKI CONSUMER en mayo de 2013.

 
 

9. Algas y bebidas de arroz

Las algas pueden contener altísimas cantidades de yodo, algo que puede ser perjudicial para la salud infantil (y adulta). Aunque, en general, las algas presentan un notable contenido de determinados nutrientes, también contienen cantidades alarmantes de este mineral.

En cuanto a las bebidas de arroz, se desaconseja su consumo en niños porque contienen niveles elevados de arsénico. Se puede hallar arsénico en muchos alimentos y bebidas, pero los niveles de este metaloide en el arroz pueden ser preocupantes en lactantes y niños pequeños, ya que el arroz es muy utilizado en el periodo de alimentación complementaria. Tal como se indica en el artículo ‘Bebidas de arroz, a debate’, conviene que bebés y niños pequeños eviten las bebidas de arroz por esta razón, según aconseja el Comité de Nutrición de la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN).

 
 

10. Alimentos superfluos

NHS Choices aconseja no dar a los bebés alimentos superfluos como patatas chips, pasteles, bollería, etc. Por desgracia, los niños españoles cada vez los toman más a menudo. De hecho, se suele pensar que la galleta María es un alimento recomendable para los bebés, cuando no es así.

 

Fuente: EROSKI CONSUMER.